sábado, 9 de febrero de 2013

EL DESENCANTO



Vuelvo a ver por televisión "El desencanto", la película rodada por Jaime Chávarri en 1976. Fui un admirador de Chávarri en los años setenta y ochenta -ya tan lejanos, tan a contracorriente- y guardaba un buen recuerdo de la película sobre la familia Panero. Yo no la considero un documental. No lo es, no lo puede ser. Es una representación a cuatro voces y como tal debería considerarse una obra de teatro. La mayor parte de las relaciones familiares se sustentan sobre el concepto de hipocresía, muy presente en está película sobre los demonios familiares y la decadencia de los Panero. La ausencia del padre -poeta de mesa camilla de un régimen infausto- es fundamental. Al padre se le admira y se le vilipendia, se le ama y se le odia. A la madre Felicidad Blanc, también. Sólo que ella puede defenderse, dar su punto de vista, demostrar ironía y crueldad, elegancia y savoir faire. La madre siempre me ha parecido el personaje fascinante de la familia. Leopoldo María [1948] le dedicó versos terribles y en la película, algunas frases hirientes. De Felicidad leí en Argos Vergara su autobiografía "Espejo de sombras".  En "El desencanto", Michi [1951-2004] es ya el diletante que será siempre, alguien que quizás sabe que carece del talento, aunque no de la inteligencia,  de sus hermanos. Juan Luis [1942] es el eterno insatisfecho que quiere ser todos los personajes y no es ninguno. Bordea el ridículo y lo sublime; como algunos de sus poemas. La película es un  cruento  cuento perverso y un ajuste de cuentas. Hay envidias, traumas, decepción. Hay exhibicionismo e impudor y una belleza decadente y fascinante. Como el juego que juegan los hermanos y la madre. Juegos para aplazar la muerte, que hubiera podido titular Juan Luis como tituló uno de sus poemarios. Juan Luis va con la máscara puesta. Leopoldo María en cambio es como una herida abierta que supura lucida inteligencia y odio. Ninguno se corta demasiado. Confieso que Leer a Leopoldo Maria Panero  en la recopilación que Visor hizo de su poemas en 1985 fue una sacudida para mí. Durante unos años fue poeta de cabecera.  Algunos de sus grandes poemas los llevo grabados. Dígase "La canción del croupier del Mississipi" o "Pavane pour un enfant défunt". Y que decir de ese maleficio que es Glosa a un epitafio (Carta al padre): Solos tú y yo, irremediablemente/  unidos por la muerte... Desde aquella recopilación no he vuelto a leer nada de él a pesar de lo prolífico que es.  Todo lo que tenía que decir lo dijo entonces. A Juan Luis llegué más tarde.  Me encanta " Los trucos de la Muerte" [1975] y si no recuerdo mal creo que debo tener en mi biblioteca un ejemplar firmado de "Galería de fantasmas".  Su concepción de la poesía como impostura me es muy grata. A Michi Panero, ejemplo de escritor sin obra como dice el tópico, le dediqué un poema cuando murió. El poema aparece publicado en mi poemario "Impostura" [2006]. Me negué siempre a ver el segundo asalto de este combate, ya a tres bandas, porque la madre había muerto, que fue "Después de tantos años" [1994] dirigida por Ricardo Franco. Esa película sí que es una galería de fantasmas.  Los protagonista de "El desencanto" todavía se me antojan seres de carne y hueso, seres dolientes a pesar de sus poses y su afectación. Termino este post con el poema que dediqué a Michi Panero.

LEOPOLDO MARÍA PANERO  DESDE EL SÓTANO DEL  MANICOMIO DE LA LOCURA 
PRESIENTE LA MUERTE DE SU HERMANO  MICHI
...hermano,
hombre para los bosques,
en pie sobre tu tumba hablo solo,  hago gestos
absurdos y grotescos, ya no para los hombres.
L.M.P
  

    La condesa Morfina me visita
    mientras escribo en el papel fantasma
    el último poema: tu epitafio.

   He visto cómo los lacayos del mal arrastran
   por las viejas estancias de la casa paterna
   el cadáver del buitre de la culpa,
   sus despojos hediondos.

   Tú buscabas la puerta de salida
   del laberinto de la perfección,
   pero la paciencia es un arte sin excusas
   y la noche un suplicio sin palabras.
   Y dentro de la noche la arañas del tiempo
   tejen el sudario de la tristeza.
   Pero ahora agonizas y el croupier
   del Mississipi no concibe el azar.

   Y estoy sentado en el jardín del llanto
   sin lágrimas de sangre que derramar
   mientras tú, món frere, deshojas los pétalos de luz
   del último suspiro
   y un eco fúnebre repite mi epitafio
   sobre la tumba de Christian Rosenkreutz.

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